jueves, 25 de octubre de 2012

Silvio dice

Viajando y escribiendo




¿Será posible que exista Ecuador? Henri Michaux escribió uno de sus primeros libros imaginando que iba a ese país, que conocía los tatuajes de sus indios, que la capital se alzaba como un cuchillo entre montañas hacia un cielo diáfano. Y aunque Michaux fuera efectivamente, según dicen, a Ecuador, su imaginación, que es otro nombre de la escritura, prevalecería. Así también, el libro de viajero de Alberto parece tener visos de realidad. Incluso en un principio reitera los detalles prosaicos de una estadía turística: el alojamiento, la comida, los paseos, la contemplación de paisajes y la observación de los nativos. Pero el diario del turista se desvía bastante rápidamente hacia otros ámbitos. Por ejemplo, el descubrimiento de redes que venden drogas o que conspiran para aterrorizar al visitante y hacerle más interesante el país o que se disfrazan de agentes demasiado blancos o que, finalmente, amaestran perros para que distribuyan drogas blandas sin quedarse con el vuelto, puesto que, como se sabe, a los perros les cuesta fumar, ni hablar de armarse un porro, aunque sólo les falte una letra para llegar de “perro” a “porro”. Estos desvaríos del diarista también podrían atribuirse a estados de borrachera alucinatoria. Sin embargo, acaso la imaginación triunfe más notoriamente sobre el realismo, cuyo tono persiste en el carácter visual de casi todo el relato, en cierto humor, la dosis de juego que por momentos embriaga al que escribe y que parece estar por encima del protagonista, ese turista cordobés llamado también Alberto. Y no está lejos de los nombres propios esa ironía del estilo: alguien cuenta supuestamente un viaje pero otro lo contempla irónicamente desde la construcción misma de sus frases. Ironía que se replica dentro del argumento, en el interior de su propia transparencia comunicativa, ya que Alberto en primera persona conoce en Ecuador a otro Alberto, enamorado y más feliz, lector de poesía, quien le regala al narrador un libro de Charles Simic inspirado en las cajas de Joseph Cornell. Como diría otro Alberto poeta, “cuando la idea del yo se aleja”, la escritura se pliega y forma cajas, unas dentro de otras.

Pero las cajas de la ironía no tienen fondo, se vuelven a abrir, incluyendo a toda la literatura y las cajitas móviles de los géneros. Puesto que el diario de viaje, que se desfonda por obra de las redes conspirativas, los enamoramientos fáciles y la duplicación de personajes, no llega nunca a esquematizarse como género. ¿Cuáles serían las reglas del diario de viaje? Aun la más obvia, su nombre, puede ponerse en duda, ya que ni siquiera hace falta el viaje para que se despliegue. E incluso la idea de diario, con entradas regulares que cuentan los días y las noches, se vuelve pronto un recurso. Y entonces, ¿podemos leer Boyando como si fuera una novela? Por supuesto, novela es para nosotros sinónimo de “literatura”. Toda prosa es novelesca. El ensayo cuenta los años de aprendizaje de un lector. Los libros de poemas hacen tajos para espiar la novela familiar de una vida, sus patologías y sus goces.

Por otro lado, el Alberto solitario, que narra, parece comunicarle a su tocayo, el poeta cordobés, que estaría escribiendo una novela. Y entonces, en lugar de contarnos la aventura de un joven poeta enamorado con su “novela en preparación”, los Albertos se multiplican: uno novelista, otro poeta, uno soltero en busca de aventuras, otro en pareja. Ninguno de los cuales coincidirá –como es vulgar decirlo desde que se inventó la lingüística aunque ya era un lugar común para Platón– con este Alberto de carne y hueso que está aquí presente. Sin embargo, así como un Alberto le deja al otro su libro de poesía norteamericana, el que aspira a ser novelista, lector de una celebridad también norteamericana, termina contagiándose de cierto lirismo. Y en su diario, que sería la forma lírica de la novela frente a la pureza épica de la narración en tercera persona, se dan momentos de poema, el más llamativo de los cuales transcribe la borrachera del diarista con una gráfica mallarmeana o girondiana, de palabras arrojadas cual constelación sobre la página. Ironía de unas sonoridades indígenas y argentinas que se tiñen de falso exotismo para que el viaje cumpla su promesa eterna de aventura erótica ocasional: “¡Paraguay! ¡Tacurú! ¡Uruguay! ¡Yaguareté! ¡Paysandú! ¡Ituzaingó! ¡Jacarandá!” Y así sigue. El viajero se diría que se esfuma, preso de las palabras cuyo origen se pierde en estratos antiquísimos. Y como un fantasma besa a la chica que despertó su lirismo. El episodio se enmarca en dos anotaciones que exhiben su paralelismo, su expresividad sentimental no narrativa, aunque lo novelesco siempre sea de algún modo sentimental. Rodríguez Maiztegui –a quien ya no sé si seguir llamando Alberto– se pregunta, simula preguntarse para hablar del acto insensato de escribir: “¿Podré armar mis cajitas?/ ¿Podré amarlas?” Porque aquello que parecía un juego: escribir, imaginar un viaje, se convierte en la más desconcertante de las aventuras: investigar lo que se ama con las palabras que se arman, construir una cajita para el fetiche más amado, hecho de palabras que juegan a ser la vida. Y la vida, su aparente sinsentido, hace que aparezca a través de las cajitas que enmarcan piedras, fotos, fantasmas, algo así como una línea impredecible, que sueña con ser infinita. Pero sabemos que nada es eterno, la vida tiene un fin demasiado conocido. El amor es el sueño de que no haya ningún límite y que el viaje no termine nunca. Boyando enseña, si es que puedo atribuirle algo así, que mientras haya tiempo, que es lo infinito por definición, se puede seguir armando una caja, un mundo, y sin amor, ¿quién tendría fuerzas para escribir? En esta pregunta incluyo el amor a la literatura, donde habrá empezado el gusto por armar frases. Pero sobre todo hablo del deseo, padre de todo libro y de todo hijo que surgen como de la trémula superficie de un mar en calma, de donde saliera inesperadamente una boya llena de luz, para señalar el destino que no se conocía, que no se sabía.



Silvio Mattoni

Córdoba, 15 de octubre de 2012

(texto leído en la presentación de Boyando)

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